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Cuando iniciamos los primeros estudios sobre Medios digitales informativos en Colombia (Rey Germán y Huertas Carlos Eduardo, 2010; Rey Germán y Novoa José Luis, 2012) no teníamos la menor idea de lo que íbamos a encontrar. En ese entonces ni siquiera se conocía su número y mucho menos la naturaleza de su funcionamiento cotidiano. La primera sorpresa fue comprobar que eran muchos, que estaban extendidos por todo el país y que se concentraban en la agregación y producción de información.

En medio del big bang al que viajamos en 2010, los medios digitales informativos ya se habían duplicado dos años después (2012) y como lo demuestran los datos de la tercera medición (III Estudio de Medios Digitales, 2018), su crecimiento se mantiene a pesar de las desapariciones tempranas de muchos de ellos.

En esa exploración al estallido mediático partíamos de unas hipótesis previsibles como, por ejemplo, que dado el aumento de la conectividad en el país, probablemente se estarían desarrollando medios de comunicación digitales. Una hipótesis ingenua y frágil. En ese momento, los medios digitales más conocidos eran los de los grandes medios de comunicación que estaban empezando a intervenir en un campo que para ellos también era desconocido e inevitable.

Pero el fenómeno, como observaremos más adelante, era más complejo y diverso porque los medios tenían varias franjas en las que estaban ocurriendo transformaciones. Queda de todos modos por reconstruir la historia de esos días en que los medios enfrentaron tantas dudas y preocupaciones. Dudas porque no se estaba seguro del modelo que se debía adoptar en el entorno digital y preocupaciones porque el modelo de negocio de los medios tradicionales se había fracturado dramáticamente. Pero los medios también hacían agua por otros lados: la credibilidad y confianza en ellos empezó a deteriorarse, el papel de la información en la sociedad se replanteó, el caudal de información creció en la babel de la red, los lenguajes y las narrativas se multiplicaron e integraron y las audiencias se metieron de lleno al propio núcleo donde se cocina la información presentándose como ciudadanos, lectores y sujetos de derechos.

Mientras unos medios comenzaron con una suerte de publicación de sus contenidos impresos en las plataformas digitales, otros crearon pequeñas redacciones virtuales que aparecieron en las salas pidiéndole permiso al diseño –y al poder– que había persistido durante años en los periódicos, emisoras de radio y canales de televisión. Se fueron haciendo experimentos que en algunos casos naufragaron estrepitosamente y en otros fueron mostrando el camino que había que construir. Las redacciones digitales de esos días estaban aún muy supeditadas a las redacciones tradicionales, aunque se fueron separando hasta que la pertinencia virtual se impuso de una manera que ha trastocado las prácticas periodísticas conocidas. La información rompió la temporalidad en que se venía realizando (ahora mucho más vertiginosa), las bolsas de contenidos se llenaron de noticias elaboradas en diversos formatos y para distintos públicos, el control de lo que ocurría con lectores, radio escuchas o televidentes empezó a suceder en tiempo real sin tener que esperar los informes diarios o semanales, los soportes estallaron replanteando los modos de hacer información como también de recibirla, las interacciones entre lenguajes se hizo frecuente y natural, las hegemonías que le daban una posición cómoda a los medios se desquició y la gente empezó a recurrir a muchas alternativas que transitaban alocadamente por el mundo rebosante de la web.

El perfil del periodista cambió porque fue sacado de su zona de confort, hacia otros lenguajes y otras responsabilidades. Los que escribían fueron entrenados en tomar fotografías, elaborar podcast o presentar programas de televisión. Aún se oyen las polémicas sobre esta suerte de periodista multimedial que para algunos perdía la profundidad que lo identificaba (la escritura o lo visual, por separado) a quien se le pedían tareas para las cuales no estaba preparado y que requería de conocimientos y experiencia diferentes a los que tenía. Pero las identidades eran precisamente las que estaban cambiando. Cada uno de estos acontecimientos tiene su propia historia que además ha evolucionado en muy poco tiempo.

Pero esta zona de cambio, la de los punto com de los grandes medios, no fue la única en la que sucedieron modificaciones. Paralela a ella empezó a surgir una segunda zona de medios digitales que se diferenciaba de la de los medios tradicionales, no solo por sus pretensiones tecnológicas sino sobre todo por su enfoque, sus contenidos, sus dimensiones periodísticas y sus relaciones con sus audiencias. Se distingue de la tercera zona por su vocación profesional, sus intenciones económicas, la naturaleza de sus proyectos y los objetivos de la información que producen.

Pero los medios de esa zona son diferentes de los medios tradicionales ya que se alejan de sus prácticas de poder o de las maneras como los segundos se han aliado con la política o las élites económicas. Entre ellos están experiencias muy importantes como La Silla Vacía, Razón Pública, Las Dos Orillas, Kienyke, Confidencial, compañeros de otras experiencias latinoamericanas que aparecen en este libro y que llevan nombres tan atractivos (ellos mismos lo son), como Anfibia, Animal Político, Chequeando, Run Run, El Faro, Pijamasurf, 4pelagatos o Nómadas. Nombres que pertenecen a un diccionario periodístico y simbólico diferente al de los periódicos tradicionales de América Latina.

 

Sala de redacción de www.utopicos.com.co. Fotografía suministrada por Johana Castillo.

 

La Silla Vacía ha buscado resolver, con bastante éxito, el sentido regional de la información en su caso particularmente política y social, en que los medios nacionales naufragaron durante décadas porque no pudieron comprender que la nación era mucho más que el centro. Pero también ha sido muy importante el significado de la vida política que La Silla Vacía ha enfrentado de un modo muy diferente a los medios de la primera zona, reconociendo otros sujetos y otras dinámicas, haciendo un seguimiento crítico de la vida pública, construyendo agendas de temas relevantes que no están trazadas necesaria u obligatoriamente desde las instancias estatales o los partidos, involucrando a numerosos actores de la sociedad civil y explorando procesos que eludieron durante años los medios de comunicación tradicionales, demasiado comprometidos con los gobernantes, los partidos políticos y en general los poderosos.

 

Equipo de entreojos.co. Fotografía suministrada por Germán García, editor de entreojos.co

Razón Pública se ha dibujado como un lugar de opinión calificada y de generación de debates sobre la vida del país con la participación de intelectuales, profesores e investigadores, mientras que Las Dos Orillas es más ecléctico y mezcla información con opinión, entretenimiento con análisis.

Quien revise el listado de medios digitales caracterizados por los estudios de Consejo de Redacción y la Facultad de Comunicación Social de la Pontificia Universidad Javeriana comprueba que hay una tercera zona de medios digitales informativos en Colombia. Es una zona más heterogénea, con grados intermedios de profesionalización, mayor énfasis regional, proveniencia local y problemas de sostenibilidad de magnitudes económicas menores aunque no menos riesgosas.

La sostenibilidad en la primera zona (versiones digitales de medios tradicionales) es crucial. Se han hecho importantes inversiones para montar las redacciones virtuales de periódicos, cadenas de radio y canales de televisión, sin que la pauta logre solventar los gastos.

Hasta muy recientemente los medios de la primera zona han empezado a poner en marcha estrategias de pago por la información, aunque aún no se tienen datos confiables de los resultados de esta decisión y la afectación de la circulación de contenidos y del volumen de seguidores efectivos. En un artículo de la Revista Semana dedicada al tema se dice que “La era de “todo gratis” en internet tiene los días contados. Facebook, Google y WhatsApp seguirán siendo gratuitos porque venden a terceros la información de sus centenares de millones de usuarios, pero el resto de plataformas buscan un modelo de negocio que les permita sostenerse en la era digital. Diarios y revistas, que por años han ofrecido sin cobrar sus contenidos en la web, están avanzando rápido hacia un modelo de suscripciones digitales en el que están puestas las esperanzas del negocio de producir información mediante periodismo de calidad” (Revista Semana, 28 de mayo de 2018, “En internet llegó el fin de lo gratis”).

En la segunda zona (medios originalmente digitales), la sostenibilidad también es un problema aunque no de las proporciones del que afecta a los de la primera zona. Además de la pauta de los anunciantes, se han buscado otras estrategias como apoyos institucionales, aporte de organismos de cooperación, proyectos financiables y redes de apoyo económico de usuarios. En los medios de la tercera zona (medios digitales informativos locales), objeto de este texto, la sostenibilidad proviene de los ingresos por anunciantes (sobre todo porque un buen número de ellos son pequeños medios comerciales o semi comerciales regionales como emisoras de radio), en algunos casos por apoyos institucionales y de forma muy notable por pauta de entidades del gobierno local, regional o nacional, como alcaldías, gobernaciones o entidades estatales nacionales.


La larga marcha

Sala de redacción de El Espectador. Fotografía: Archivo de la organización Consejo de Redacción.

Mientras todo ello pasaba en los grandes medios, una lenta y silenciosa marcha comenzaba en los medios pequeños. Una historia conocida ha sido el desarrollo de medios locales, comunitarios o ciudadanos a través del país. Primero fueron los periódicos y faxines, después las radios comunitarias que llegaron a medio millar y finalmente las “perubólicas”, los canales de televisión comunitarios y los cableados barriales. Como en otros países del continente la difícil topografía colombiana fue colonizada por experiencias de medios pequeños que ganaron sus audiencias buscando una manera propia de relacionarse con los vecinos, los jóvenes y en general los contextos más cercanos. En su artículo “De medios alternativos a medios ciudadanos: trayectoria teórica de un término”, María Clemencia Rodríguez (2009) dibuja con precisión el significado de estos medios, a los que ahora se agregan los medios digitales informativos, con sus particularidades:

Producir uno mismo sus productos mediáticos implica tener la oportunidad de crear las propias imágenes de sí mismo y del entorno; implica poder recodificar la propia identidad con signos y códigos elegidos por uno mismo, irrumpiendo así en la aceptación pasiva de identidades impuestas por sujetos externos; implica convertirse en el relator de la propia historia y recobrar así la voz propia; implica reconstruir el autorretrato de la comunidad y sus culturas; implica explorar las posibilidades semánticas infinitas del propio cuerpo, del propio rostro, para crear expresiones faciales (una nueva codificación del rostro) y lenguajes no verbales (una nueva codificación del cuerpo) nunca antes vistos; implica sacar los lenguajes propios de su escondite habitual, para ponerlos en la esfera pública y ver cómo se comportan, cómo derrotan otros lenguajes, o cómo son derrotados por ellos. Lo que importa es que, por primera vez, los tímidos lenguajes propios, aquellos que se usan para lo familiar y lo privado, participan en la arena de lo público, de los lenguajes y el discurso.

Y más adelante, al hacer una ampliación de su concepto de “medios ciudadanos”, Rodríguez escribe que:

El término “medios ciudadanos” surgió de la necesidad de superar los esquemas y categorías binarios que tradicionalmente se usan para analizar los medios alternativos. Mientras el término “medios alternativos” define los medios comunitarios con base en lo que no son —no comerciales, no profesionales, no institucionalizados—, el término “medios ciudadanos” los define con base en lo que generan: procesos de cambio provocados por sus participantes. La investigadora Jo Tacchi y sus colegas han demostrado cómo los procesos transformativos generados por los medios ciudadanos tienen un efecto de onda en círculos concéntricos, que trasciende los pequeños círculos de los productores de medios y llega a tocar las vidas de sus vecinos, parientes, amigos y colegas y, en últimas, de sus audiencias (Tacchi, Slater y Lewis, 2003).

Además, el concepto de “medios ciudadanos” se aleja de la definición binaria y reduccionista de poder, según la cual el panorama mediático está habitado por los poderosos (los medios dominantes) y los que no tienen poder (los medios alternativos). En vez de limitar el potencial de los medios alternativos a su capacidad para resistir los grandes conglomerados mediáticos, el concepto da cuenta de los procesos de empoderamiento, concientización y fragmentación del poder que resultan cuando los hombres, las mujeres y los niños y niñas tienen acceso a y se re-apropian de sus propios medios (Rodríguez, C., 2009).

Todos ellos han sobrevivido en medio de su cercanía con las comunidades de proximidad, los vaivenes de la regulación estatal, la piratería y el desplazamiento entre una formalidad precaria y una informalidad rampante. Durante años han tenido que interpretar numerosos enigmas. Por una parte el mundo de los desarrollos tecnológicos en los que han buscado caminos viables y fisuras por las que han entrado en un mundo que no estaba hecho para su sobrevivencia y por otra, se han inventado formas de sostenibilidad, contenidos y modos de relación con sus audiencias.

El desarrollo tecnológico hacía prever la aparición de medios digitales. Pero no con la rapidez de muy pocos años y con la cobertura de todo el país. Pero así ha sido. En el I Estudio de Medios Digitales –EMD– (Consejo de Redacción y Universidad Javeriana, 2010) la cifra total fue cercana a los 350 medios y dos años después (2012) el total llegaba a los 700. En un primer momento se constató la migración de las radios hacia lo digital, pero ya en el segundo estudio (Consejo de Redacción y Universidad Javeriana, 2012, II Estudio de Medios Digitales) empezaron a acrecentarse los nativos digitales, lo que indicaba que no se trataba de reconversiones de medios tradicionales sino de la aparición de medios pequeños pensados para funcionar en plataformas digitales. Seis años después (2018), la suma total de medios digitales informativos en Colombia empieza a sedimentarse y el crecimiento no es tan alto como en los dos primeros años medidos. Pero aún así la cifra de 914, tal como queda patente en el registro hecho por Cristhian Barragán para esta publicación, es muy significativa.

Como lo señala este autor en el III EMD, 455 (70 por ciento) de los registrados en el estudio de 2012 se mantienen y de los de 2010 permanecen 272 (41,84 por ciento). No sabemos exactamente el sentido de estos datos, porque las posibilidades omparativas con otros países son prácticamente inexistentes, pero con un tercer estudio ya se puede observar con más precisión la magnitud del fenómeno y el porcentaje de su desaparición. Sin embargo lo interesante es, por una parte, la permanencia de un porcentaje importante de los medios digitales originales y por otra, la desaparición o desconexión de un buen número de ellos. La dinámica aparición-desaparición muestra un grado de oscilación importante que probablemente se asentará con los años, porque ya han transcurrido entre 6 y 8 años y el 70 por ciento perviven.

Bogotá, Antioquia, Santander, Meta, Atlántico y Norte de Santander son los lugares en que se ha producido mayor cantidad de enlaces rotos, lo que significa más de la mitad del total (64,1 por ciento). En seis años, el 25,6 por ciento, es decir, una cuarta parte del total de los medios digitales informativos colombianos dejaron de funcionar. Por eso es muy importante considerar por qué, cómo y para qué se crean medios digitales, cómo son, cuál es su estructura, su funcionamiento y su forma de sostenibilidad, cuáles son sus características informativas y periodísticas, cuáles sus relaciones con las audiencias, qué agenda informativa manejan, cómo y por qué han desaparecido del panorama informativo y digital regional y nacional.

En la cartografía de medios colombianos que está realizando la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) se afirma que hay 398 municipios sin medios (sobre un dato parcial de 690 mapeados a julio de 2018), lo que representa un 57,68 por ciento del país, que los autores denominan “zonas en silencio”. Será muy importante cruzar las zonas determinadas por la FLIP con la distribución geográfica de los medios digitales informativos reportados por este estudio. Por lo pronto las regiones en que se encuentran los mayores porcentajes de enlaces rotos, es decir, de desaparición de medios digitales que estaban supuestamente activos hace seis y ocho años, no son las que la FLIP define como zonas de silencio. El análisis, sin embargo, debe ser aún más preciso. Porque si bien es importante el volumen de medios existentes, la desaparición de uno de ellos en regiones muy desprotegidas de información puede ser de una relevancia cualitativa destacada 4
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Al revisar la lista de medios caracterizados e ingresar a sus respectivas direcciones electrónicas para un análisis más exhaustivo de su naturaleza se encuentra una variedad que llama la atención. En efecto, aún son bastantes los medios digitales informativos de los medios de comunicación tradicionales. La ubicación en la red es inicialmente un tema de supervivencia y expansión. Muchos medios son periódicos locales o sobre todo emisoras de radio que de esa manera tienen otro medio de relación con sus lectores. Estar en la red permite también una conservación más activa de información que puede ser consultada en cualquier momento por las personas.

Es interesante constatar que las tecnologías han permitido la conformación de grupos de medios locales, una categoría que antes estaba solamente reservada a los grandes grupos mediáticos y que se debe estudiar con mayor cuidado. Un ejemplo es “La Cometa.com” ubicado en San Gil (Santander). Otros medios son institucionales y algunos de periódicos universitarios o en general educativos, como la versión digital De la Urbe en Medellín.

Betty Martínez, fundadora y directora de Tüü Pütchika – La Palabra. Fotografía suministrada por Martínez.

Hay medios de origen más digital, casi todos ellos de información regional, departamental e inclusive regional, como algunos de la región cafetera o de la región Caribe. Entre ellos están “La cotorra digital”, que se presenta como un medio dedicado al reportaje en todos los sentidos que “están en diferentes lugares entrevistando y cotorreando sucesos que son poco comunes para el público, dándole a sus notas un toque especial que las haga atractivas”; Tüü Pütchika, que en lengua Wayúu quiere decir ”La Palabra”, un medio que en palabras de su creadora tiene como principal motivación “poder visibilizar desde un criterio propio las dificultades de la región y aportar propuestas que permitan algún tipo de solución, con énfasis especial en cultura y medio ambiente”; como lo hace también “Leticia contigo”. A ellos se puede agregar el “Portal araucano”, “La gran noticia de Barranquilla”, o “La Cháchara” que “reúne y analiza diferentes miradas de la actualidad desde la región caribe colombiana” y que obtuvo el Premio de Periodismo Promigás a la mejor crónica sobre el Carnaval de Barranquilla con “Un carnaval con el disfraz de la Abandoná”.

Se encuentran también experiencias digitales de movilización social como Divergentes, apoyado por la KAS y Open Society y que sus responsables definen “como una manera de usar las tecnologías digitales para impulsar causas determinadas a partir del intercambio de información de usuarios en internet”.

 

Consejo de redacción de Colombiacheck. Fotografía: archivo de la organización Consejo de Redacción.

Hay medios que enfatizan lo visual como “Fantochadas”, un portal antioqueño de caricaturas de actualidad y otros que se proponen incentivar la movilización social. “Seamos” es un portal de veeduría ciudadana y democracia digital, “Movilizatorio” un medio digital que logró por medio de su “Avispero”, una plataforma de peticiones, que el gobierno hiciera el seguimiento y rindiera cuentas a la ciudadanía sobre el asesinato de líderes sociales en el país o “Contrarreforma” que se opuso a que la compañía Six Senses construyera un resort en el Parque Tayrona como al final sucedió.

Hay medios que están haciendo chequeo social y político como “La Silla Vacía” o Colombiacheck que son expresión de asociaciones regionales como “Alternativa regional” que trabaja con la red de medios impresos y virtuales del oriente antioqueño.

Ocho años después.

Transformaciones en el panorama de los medios digitales informativos en Colombia

El III EMD que realiza Cristhian Barragán, y que se encuentra en la presente guía, aporta otros datos importantes para el análisis. Han disminuido los medios “volcados” y han aumentado los medios con producción web, tal como los denominamos en estudios anteriores, lo que nos está indicando que ya no estamos frente al paso de contenidos de medios tradicionales a digitales, es decir, en una versión simplemente funcional de lo digital, sino que se está incrementando, así sea lentamente, la naturaleza digital de los medios y el porcentaje de la producción de contenidos pensados desde el lenguaje, las reglas y las dimensiones propias de lo virtual.

Estas transiciones que muestran los datos son como los movimientos de un sismógrafo, que así sean leves van testimoniando las magnitudes de los cambios que se están dando y los cataclismos que se avecinan. La metáfora no es un simple ejercicio retórico. Pasar de volcados a web significa el ingreso en un contexto mediático diferente, es decir, de un mundo a otro. Y ese nuevo mundo implica otros procesos de producción informativa, necesidades sociales, periodísticas y tecnológicas nuevas, relaciones diversas con las audiencias y operaciones noticiosas que se distancian progresivamente de las formas más conocidas de generación de información. La transición es paulatina y no significa una ruptura dramática. Será muy interesante observar cuáles prácticas subsisten en el nuevo entorno, qué fusiones se dan y cuáles son nuevas maneras de afrontar lo digital particularmente en estos pequeños medios de información.

La caracterización de los medios digitales informativos que hace Cristhian Barragán es muy importante. Señala varias características fundamentales: (1) el auge de los medios periodísticos y su relación con el emprendimiento, (2) el descenso de lo comunitario e hiperlocal, (3) el aumento de los contenidos municipales, regionales y nacionales, (4) la inclusión creciente de la opinión de las audiencias, (5) el aumento de las conexiones de los medios con redes sociales y (6) el crecimiento de los blogs.

Los medios digitales informativos parecen estar ligados a procesos de emprendimiento periodístico. La tendencia es muy importante. En primer lugar, el dominio monolítico de los medios y por lo tanto de la información está cediendo, de tal manera que se multiplican las opciones de acceso y quizás (se debe comprobar) las de pluralismo informativo. En segundo lugar, estas opciones están repartidas por todo el territorio nacional, una posibilidad que en el entorno mediático tradicional estuvo limitada por la propia topografía del país, las grandes distancias, los intereses económicos y políticos y las limitaciones tecnológicas. Las nuevas tecnologías, la extensión de la conectividad y la existencia de internet han sido decisivas para hacer posibles estos emprendimientos, así como la transformación de las prácticas sociales referidas al acceso informativo.

He podido percibir estas transformaciones en otros ámbitos culturales, como por ejemplo, en lo que está ocurriendo en la lectura en Colombia. El argumento de investigadores de la cultura sobre el paso directo de las mayorías latinoamericanas a lo audiovisual sin pasar necesariamente por la cultura letrada, ahora tiene un nuevo capítulo: el paso masivo a la red a través del teléfono móvil e internet.

En los últimos veinte años ha habido un crecimiento enorme, diversificado y progresivo de las nuevas tecnologías en Colombia, hasta el punto que un documento de la OCDE y de las pruebas PISA de 2018 dice que “En el pasado, el interés primario y predominante en el dominio de la competencia lectora de los estudiantes era la capacidad de entender, interpretar y reflexionar sobre textos únicos. Si bien estas habilidades siguen siendo importantes, un mayor énfasis en la integración de las tecnologías de la información dentro de la vida social y laboral de los ciudadanos requiere que la definición de la competencia lectora sea actualizada y ampliada”.

En la encuesta de calidad de vida que acaba de publicar el DANE (2018), se corrobora que el 96,5 por ciento de colombianos tiene teléfono celular, con una gran penetración rural (del 92,6 por ciento), un 44,3 por ciento tiene computador en sus hogares y un 52,5 por ciento posee Televisión LCD, plasma o LED. El uso de teléfono celular inteligente es de 71,2 por ciento, y las personas de 5 y más años que usan internet en cualquier lugar y dispositivo fue de 62,3 por ciento, mientras que en zonas rurales ascendió a un 37 por ciento, cinco por ciento más que en 2016, lo que confirma una indudable tendencia positiva. El 81,7 por ciento que usó internet lo hizo a través de teléfono celular. El 47,5 por ciento usó internet en su computador fijo y el 33,7 por ciento en su computador portátil.

Son los jóvenes los que escriben más en redes sociales, las personas de 26 a 40 años quienes escriben más correos electrónicos, mientras que el uso del computador aumenta con la edad y los más jóvenes y los más viejos son los que escriben más en papel. Estamos, entonces, frente a lecturas móviles en ascenso, un crecimiento paulatino de la lectura digital en las zonas rurales y un aumento de los ambientes Smart que facilitan nuevas prácticas audiovisuales como la autoprogramación, descenso de la audiencia de la televisión abierta, acceso a plataformas como Netflix o Spotify, uso creciente de redes sociales y lectura de textos, correo, chats y blogs. La penetración ascendente de computadores fijos y portátiles es otro de los soportes de la lectura digital, reforzado por su uso educativo y el desarrollo de competencias digitales de los niños y los jóvenes en la educación.

Las preguntas y quizás algunas respuestas sobre la lectura y escritura digitales, que se conectan con el trabajo de los medios digitales informativos tienen que preocuparse por su movilidad, la “pulgarcita” de las escrituras (temporalidad, sus conexiones con los archivos visuales, documentales y sonoros en línea, el papel de los algoritmos y los bots, la generación de comunidades de intercambio y conversación, las lecturas y escrituras vivenciales y emocionales, la ruptura de las hegemonías de edición por parte de medios, editoriales Michel Serres) y los saltos y contracciones de las lecturas, su nueva y maestros y la identificación generacional alrededor de las nuevas lecturas y escrituras.

Este nuevo panorama que se refleja en la lectura y la escritura de los colombianos y las colombianas es el mismo que incide en la aparición, desarrollo y tendencias de los nuevos medios informativos digitales que tiene vasos comunicantes con otras manifestaciones culturales como la música, el video, la lectura y la escritura. Y ya no se trata solamente de un fenómeno solamente urbano (grandes ciudades y pequeños municipios) sino también de lo rural, como se comprueba en las mismas encuestas citadas. La lectura en soporte digital en el campo llega a un 54,1 por ciento y se hace, mayoritariamente, a través de teléfonos con acceso a internet (86,2 por ciento).

En tercer lugar está el paso de lo que Barragán llama hiperlocal a lo municipal, lo regional y lo nacional. Habrá que explorar con mayor cuidado esta transición de la naturaleza de la información que muestra movimientos en lo que habitualmente se ha conocido en Colombia y otros países como medios comunitarios. Es probable que la pertenencia al nuevo entorno digital haya variado la naturaleza de la información en estos medios. Ser digital no es renunciar a la mirada sobre lo propio dentro de las comunidades de proximidad, pero quizás sí sea rebasar las fronteras y entrar más fácilmente a un diálogo con lo regional y lo nacional. La información circula más fácilmente, la posibilidad de ingresar a plataformas nacionales e internacionales es más frecuente y la agregación de contenidos prepara para encontrar una perspectiva y una manera de hablar más abierta. Aunque muchos de los lugares reconocidos en la web se caracterizan por construir una identidad propia que los define y diferencia.

En cuarto lugar está la inclusión creciente de la opinión de las audiencias, el aumento de las conexiones de los medios con redes sociales y el crecimiento de los blogs.

Uno de los grandes signos del paso entre el entorno mediático y el entorno digital es precisamente la participación de las audiencias que se aumenta, se lleva a cabo en tiempo real, se puede sistematizar a través de las métricas que ofrece internet, se diversifica y tiene implicaciones en la agenda informativa de los medios.

Los datos obtenidos en el III EMD muestran interesantes tendencias. Entre 2012 y 2018 ha crecido el sentido periodístico de estos medios; 605 de ellos manejan redes sociales, lo que significa un crecimiento del 76 por ciento al 89 por ciento. Las redes sociales ofrecen la oportunidad de participación de las audiencias, la generación de grupos de discusión y la reacción inmediata frente al manejo de la información por parte de los medios. Este porcentaje ratifica los de uso de redes sociales en Colombia que está entre los primeros veinte países del mundo en utilización, por ejemplo, de Facebook.

Los medios digitales, entretanto, tienen una baja caracterización institucional, es decir, no son medios de instituciones u organizaciones públicas sino pequeños emprendimientos privados. 452 de ellos son agregadores, pero se encontró un número mayor de medios que producen noticias, 461, lo que significa que estos medios tienen cada vez mayor autonomía como fuentes de información y no simplemente como reproductores de la información elaborada por otros. Son sobre todo medios de cobertura municipal, que tienen publicidad y que se actualizan (aunque la actualización ha tendido a bajar un poco en estos seis años, una dimensión que hay que explorar, porque es fundamental en la persistencia de los medios y sobre todo en el interés de sus audiencias).

Cuando se revisan los datos de desarrollo de los medios digitales por regiones se encuentra que han crecido en Bogotá, Boyacá, Valle del Cauca, Caldas, Casanare, Magdalena, La Guajira, Córdoba, Putumayo, Amazonas, Cesar y Cauca. Las regiones donde más han descendido son Antioquia, Santander, Risaralda, Chocó, Arauca, Sucre, Vichada y Meta. Es importante profundizar en esta geografía de los medios digitales y cruzarla con las zonas de silencio que ha encontrado el estudio de Cartografías del Silencio de la Fundación para la Libertad de Prensa. A primera vista se observa un descenso en algunas regiones del país en donde el conflicto es agudo como Antioquia y Chocó. Cuando se cruzan estos resultados con los de conectividad llama la atención el número de medios digitales informativos en el Cauca cuya relación entre conectividad baja y existencia de medios digitales es muy importante.

Magdalena, Casanare, Valle del Cauca y Amazonas son las cuatro regiones colombianas en que han crecido más los medios digitales informativos en estos seis años.

El zumbido de la ética y los vuelos del moscardón

Desde hace años existe una permanente preocupación por las relaciones entre la sostenibilidad de los medios y los riesgos éticos de su gestión. Esta preocupación se extiende a todos los medios sin excepción, y tiene que ver con la libertad de expresión y los peligros de los medios y periodistas en medio de contextos violentos que infortunadamente no son pocos en el país y entre los que están las presiones de diversos actores como las guerrillas, el narcotráfico, los paramilitares, las bandas criminales (bacrim) y hasta la delincuencia común, así como los grupos de microtráfico, de trata de personas o de otras actividades ilícitas. La preocupación también se amplía a actores violentos emergentes como las disidencias de las Farc que operan en varios lugares del país y a otros que ya en el pasado han tenido intervenciones, como algunas autoridades locales, políticos corruptos y miembros de la fuerza pública (policía) y militar.

Sala de redacción de El Tiempo. Fotografía: archivo de la organización Consejo de Redacción.

En el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica, (2015), La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015), se hace un análisis detallado de esta situación. Entre 1977 y 2015 fueron asesinados 152 periodistas colombianos por razón de su oficio. La cifra es una de las más altas dentro de los registros mundiales en ese período. Pero especialmente entre 1986 y 2004, Colombia ocupó los primeros lugares de la lista global de crímenes contra periodistas junto a Afganistán, Yugoslavia, Rusia, Irak y Sierra Leona (Estadísticas por año del Committee to Protect Journalist, CPJ).

Solo entre 1986 y 1995 fueron asesinados en Colombia 61 periodistas y en la década posterior, comprendida entre 1996 y 2005, murieron otros 60. En total: 121. Lo que significa que solo en esos veinte años fue asesinado un 78 por ciento del total de periodistas que cayeron ejerciendo su oficio en 40 años.

Fueron esos precisamente los años en que se acrecentó la violencia en el país, tal como lo señala el informe ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad, (2013), sin duda el estudio más comprehensivo de estos años de conflicto armado, realizado por el Grupo de Memoria Histórica (GMH). En ese documento se lee que “Las dimensiones de la violencia letal muestran que el conflicto armado colombiano es uno de los más sangrientos de la historia contemporánea de América Latina. La investigación realizada por el GMH permite concluir que en este conflicto se ha causado la muerte de aproximadamente 220.000 personas entre el 1ero de enero de 1958 y el 31 de diciembre de 2012”.

Los narcotraficantes fueron generando estructuras del crimen organizado de gran poder y capacidad de corrupción que se incrustaron no solo en la trama delincuencial sino en la política y dentro de organizaciones del Estado; su fuerza no ha amainado, aupada por el incremento de la siembra de coca y amapola, el dominio territorial y tenebrosas alianzas entre carteles como la del Clan del Golfo con el cartel de Sinaloa (México).

El asesinato de los periodistas ecuatorianos en territorio colombiano por alias Guacho –disidente de las Farc– es un ejemplo del mantenimiento de estrategias de presión criminal a través de la violencia contra periodistas. En este hecho se juntan varios elementos: en primer lugar, un evidente desplazamiento del delito hacia el crimen organizado (narcotráfico) por parte de la disidencia de una guerrilla que venía de una vieja tradición narco en la zona. En segundo lugar, la focalización del periodismo y los periodistas como mecanismo de presión sobre las autoridades ya no de un país sino de dos. Y en tercer lugar, su asesinato como una señal de amedrentamiento a la sociedad a través de la ampliación del efecto noticioso por la condición de quienes fueron asesinados. En el comunicado público del grupo delincuencial queda patente su intención de autodefinirse como frente guerrillero, una variación del interés político que también han tenido los carteles de la droga a través de los años.

En el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica ya se mostraba el papel en alza de las bandas delincuenciales (bacrim) y del poder permanente y depredador del narcotráfico y la corrupción. Pero en lo sucedido en el sur del país hay una combinación de las estrategias criminales del narcotráfico y de la guerrilla, una especie de tenebrosa fusión. El secuestro inicial de los periodistas; el mensaje televisivo en el que militares colombianos aparecían sometidos por cadenas y candados recordando las cárceles enmalladas de las FARC en la selva; el intercambio de tiempo por silencio; las implicaciones internacionales y el mensaje de terror enviado a las autoridades y las comunidades de proximidad, así como el total desprecio por la vida de los periodistas, son algunos de los ingredientes de una nueva expresión de la historia de violencia contra los informadores y la información.

Son evidentes también las enormes dificultades que viven a diario los periodistas del bajo Cauca en Antioquia o en el Catatumbo.

Toda la situación anterior se agrava en el caso de los medios pequeños y regionales, que según el informe, son los que han recibido los golpes más fuertes y dolorosos de la violencia.

Aún no existe un análisis específico de las presiones que probablemente están recibiendo los medios digitales informativos en Colombia. A diferencia de las emisoras de radio y de las publicaciones de prensa, los medios digitales actúan relativamente desterritorializados, su funcionamiento está menos determinado por la infraestructura física, las redacciones pueden ser más pequeñas y las interacciones con otros medios e instancias de apoyo son más rápidas. Sin embargo podrían ser sujetos de otras formas de agresión como el bloqueo a través de intromisiones y hackeos, el incremento de las amenazas a través de correos, redes sociales y otras formas de comunicación digital, las presiones regulativas y obviamente las amenazas contra sus promotores y periodistas.

Pero además de la violencia, los medios digitales tienen otros riesgos que inciden sobre las relaciones entre su sostenibilidad y la relevancia ética de su gestión.

Hacia una sostenibilidad ética

La sostenibilidad es la posibilidad de creación, desarrollo y funcionamiento de los medios digitales informativos que conjuga un conjunto de acciones, no siempre semejantes y todas con implicaciones éticas evidentes, en que participan los gestores de los medios y los periodistas como también las instituciones públicas, las empresas y (o) inversores privados locales, regionales y nacionales, los organismos de cooperación, en algunos casos los partidos políticos o los políticos y, por supuesto, la comunidad.

La naturaleza de las personas o instituciones que intervienen en la sostenibilidad de un medio así como los objetivos de su inversión son claves para su funcionamiento, su credibilidad e independencia y los niveles de confianza que puedan desarrollar con sus audiencias y la comunidad de proximidad.

Uno de los temas centrales de los nuevos medios es precisamente resolver los problemas de su sostenibilidad, que finalmente les permiten la permanencia, desarrollo mediático y periodístico, posibilidades de innovación y sobre todo calidad de su información.

Obviamente las posibilidades económicas son fundamentales para la sostenibilidad de un medio, sea cual sea su tamaño. Pero existen otros asuntos referidos a la sostenibilidad, entre los que se pueden mencionar la claridad de los propósitos informativos, la conformación de su equipo de trabajo, las relaciones con la comunidad, las interacciones con sus lectores o audiencias, los mecanismos de seguimiento y autorregulación, la actualización, el manejo adecuado de los temas tecnológicos, la agenda informativa, las prácticas y rutinas informativas que adopten, entre otros.

En Libertad de palabra, Timothy Garton Ash escribe que “cuatro fuerzas principales determinan los medios de comunicación que encontramos en un lugar y momentos particulares: la tecnología, la cultura, el dinero y la política” (2017, página 255).

En un trabajo anterior dedicado al estudio de numerosas experiencias locales de cultura y desarrollo en Colombia, señalé la sostenibilidad como una de sus características centrales. En efecto, una de las características de estas expresiones culturales locales es lo que se podría denominar “la sostenibilidad desde dentro”. La inquietud más recurrente sobre estas experiencias “micro”, tiene que ver con su permanencia en el tiempo y su capacidad para afrontar sus demandas económicas, administrativas, tecnológicas y sociales, es decir, sus posibilidades y mecanismos de sostenibilidad. Ya se observó en la primera parte de este texto lo que ha ocurrido con los medios digitales informativos colombianos en el paso de ocho años. Una parte de ellos desapareció, muy probablemente por algunos de los asuntos que se han enunciado de la sostenibilidad. Aún no tenemos datos que puedan responder por este interrogante. Pero los porcentajes de desaparición son más pequeños que los de aparición y pervivencia, lo que nos está indicando que los que continúan han encontrado formas de sostenibilidad más o menos adecuadas. Cuáles son y qué implicaciones éticas tiene su gestión son enigmas que aún los datos a la mano no pueden responder. Seguramente los siguientes estudios profundizarán en todas estas preguntas.

En las experiencias culturales analizadas se encontró una “sostenibilidad desde dentro” que se percibía entonces como más fuerte que la sostenibilidad pensada desde fuera. Tiene que ver con sueños, esperanzas, planes y proyectos de vida, compromisos personales, vida interior. Con pasión. Este análisis podría extenderse a los medios de comunicación. Porque la construcción de información no es una simple tarea de carácter económico, sino sobre todo una gran responsabilidad pública y social. Hay un conjunto destacado de reflexiones sobre este tema desde el periodismo y fuera de él.

En los últimos años hemos presenciado una conmoción generalizada de los medios que ha puesto en vilo su propia existencia y viabilidad.

La fractura radical del modelo de negocio forma parte de esta conmoción, pero por supuesto no es la única ni posiblemente la más importante. La relación entre costos de la información e ingresos por pauta de anunciantes se ha roto dramáticamente, entre otros motivos por el desarrollo de las tecnologías, el surgimiento de nuevos soportes, pero también de nuevas relaciones de la ciudadanía con la información que circula a través de la web y formas inéditas de participación en redes sociales, por ejemplo.

La sostenibilidad –sostuve en “La insistencia en la metáfora. Experiencias locales de cultura y desarrollo en Colombia”, (Rey, 2010, en: Alfons Martinell)– si bien es un problema de recursos económicos, eficiencia administrativa o racionalización de la inversión, no se agota en ellos e incluso modifica estos conceptos desde las realidades particulares que viven las experiencias. Es fundamental, sin embargo, la clara y eficaz administración de los recursos, la diversificación de las fuentes de financiamiento, el desarrollo de capacidades personales e institucionales, pero sobre todo, la sintonía con las necesidades y demandas de los sectores sociales próximos.

Los medios digitales posiblemente tengan más garantías de lograr una sostenibilidad económica que los medios tradicionales por una sencilla razón: han dado el paso para ubicarse en el nuevo entorno y, aunque este es difícil e incierto, ya se observan traslados del interés de los anunciantes hacia la oferta digital; aunque el tema central es encontrar opciones económicas mejores que las que hoy manejan corporaciones como Google o Facebook que son grandes depositarios de información pero sin el necesario reconocimiento económico para sus productores (los medios y los periodistas). Estas empresas empiezan a considerar que la existencia de medios es necesaria para su propio desarrollo, sobre todo si generan información de calidad, diversa y responsable. Las críticas a los problemas de acceso indebido a datos y vulneración de la intimidad las han llevado a generar proyectos de apoyo a la sostenibilidad de medios que de otro modo estarían en riesgo de desaparecer del escenario digital.

La información, el intercambio de conocimientos, la sistematización de las experiencias, la transferencia de buenas prácticas, la evaluación consistente, son todos elementos de la sostenibilidad. Como son la autogestión, los procesos de concertación, las redes y las alianzas.

En muchos ámbitos no se puede hablar de sostenibilidad de la cultura, por la vulnerabilidad o intangibilidad de los procesos, así como por la fragilidad de los lazos sociales, que convierten a las experiencias en proyectos endebles o  episódicos 5. La sostenibilidad plantea unos desafíos éticos de mucha importancia. Por una parte, la mejor sostenibilidad es la que está afianzada en la calidad de la información y por lo tanto en la independencia frente a todos los poderes, incluidos por supuesto el de aquellos que en determinado momento apoyan económicamente el desarrollo del medio digital. Como escribe Cristhian Barragán en su texto Cartografía digital del emprendimiento en América Latina, que forma parte de esta guía y que se encuentra en el siguiente capítulo:

Sobre los modelos de negocio es evidente que los medios nativos digitales han entendido la necesidad de diversificar sus fuentes de ingresos, el 58 por ciento de los 50 medios digitales analizados en este estudio tiene más de un modelo de negocio y el principal modelo sigue siendo el Banner, presente en el 60 por ciento de los medios.

De igual forma dentro de los medios analizados un 34 por ciento usa como modelo las donaciones, sea de empresas o personas naturales. El 26 por ciento dicta talleres como una forma de compartir el conocimiento especializado y generar ingresos. El 20 por ciento accede a becas especialmente de organizaciones de cooperación internacional que financian proyectos periodísticos independientes.

También, dentro de otros modelos de negocios alternativos están la organización de eventos con un 18 por ciento, las suscripciones pagas con un 14 por ciento, las campañas de crowdfunding con un 12 por ciento, el servicio editorial con un 10 por ciento, el contenido de marca con un 10 por ciento y finalmente los servicios relacionados a la comunicación con un 6 por ciento.

Las relaciones con las instituciones que pautan deben ser transparentes, lo que significa que debe existir una distancia entre la información que se provee a los ciudadanos y los intereses y objetivos de las entidades que estimulan de alguna manera la existencia del medio. Los medios digitales deben definir unos criterios claros para determinar sus relaciones con sus proveedores de recursos económicos y ajustar sus comportamientos a tales criterios. Cuando se analizan los medios digitales más destacados se alude precisamente a la información que proveen a sus lectores sobre cómo se financia el medio aunque un 86 por ciento no cuenta con una sección dedicada a esto, y además algunos tienen mecanismos sistemáticos y transparentes de rendición de cuentas sobre el origen de sus dineros, los donantes y el manejo de los recursos que provienen de sistemas de colectas colectivas o redes colaborativas, que deberían ser generalizados. Las instituciones de cooperación, nacionales e internacionales, deberían también seguir criterios semejantes e informar periódica y claramente sobre sus ayudas a los medios digitales informativos del país.

Las agendas informativas deben partir de las necesidades y demandas sociales y ser construidas autónomamente por los propios medios. Cuando se conforman grupos de medios, así sean pequeños, hay que tener un especial cuidado en no transformar al periodismo digital en un simple reproductor de lo que hacen los medios tradicionales, sino encontrar su especificidad, que está en la velocidad, la memoria informativa, los variados caminos de acceso a las noticias, la integración entre el medio y por ejemplo las redes sociales, la integración de lenguajes y la participación activa de las audiencias.

El manejo de las fuentes no debe en ningún modo privilegiar a las instituciones que apoyan a los medios, porque se atravesaría la línea roja que en el periodismo de calidad diferencia la información de la publicidad, la independencia de lo institucional, la investigación del manejo de imagen. Se debe entonces diferenciar con claridad publicidad comercial, opinión e información, así como entre imagen, información y pauta.

En numerosas investigaciones sobre el funcionamiento de los medios en Colombia se ha constatado la concentración de las fuentes, sobre todo en los gobiernos y las instituciones del Estado, y la gran debilidad de la presencia de otros actores de la sociedad civil. Lo digital ofrece una oportunidad de recolección de opiniones invisibles y de generación de debates informados de la ciudadanía. En este sentido la información recogida por Barragán (2018) en el III EMD analizado aquí, a través de diversas herramientas analíticas es muy importante. Un alto porcentaje del tráfico informativo en los medios digitales proviene de su propio contexto y el origen del contacto de la audiencia con ellos son buscadores, acceso directo y redes sociales (el porcentaje mayor viene por Facebook y después por Twitter).

Los conflictos de interés pueden aparecer en cualquier momento: gobiernos locales que tienen comportamientos corruptos y que esperan el favor de los medios que promueven o departamentos de prensa o de comunicación de entidades estatales, de partidos políticos o de empresas privadas que acuden a los medios que apoyan económicamente para desarrollar campañas de imagen, defender intereses indebidos o utilizar a los medios como simples parlantes de sus puntos de vista.

La pauta oficial: las orejas del lobo, caperucita y lo legítimo

Durante años, uno de los problemas más agudos de los medios -pequeños y grandes- ha sido su forma de financiación, y especialmente los impactos de la pauta en el transcurso informativo de estos. La propiedad de los medios y el destino de la pauta son dos de los asuntos más relevantes dentro del capítulo de la financiación como también de su independencia, credibilidad y confianza.

La pauta comercial es la inversión que hacen las empresas privadas fundamentalmente en la publicidad, en los medios como anunciantes. Esta inversión se ha diversificado paulatinamente hacia proyectos informativos especiales, campañas comerciales o institucionales, circulación concertada de productos sean bienes o servicios dirigidos a los consumidores, entre otros. La inversión pública es la orientación de dineros públicos hacia los medios, ya sea como ayuda para su promoción, como pago de publicidad oficial, promoción de campañas en los diferentes temas de la gestión estatal, circulación de productos como cartillas, periódicos institucionales, divulgación de información de interés ciudadano, etc.

Equipo de entreojos.co Fotografía suministrada por Germán García, editor de entreojos.co

En el más reciente informe sobre el estado de la libertad de prensa en Colombia, denominado Un Estado depredador de la libertad de prensa , realizado por la Fundación para la Libertad de Prensa (2018) se dedica un capítulo a la pauta invisible en el que se lee que:

La pauta oficial es esencial para la comunicación entre ciudadanos y Estado. Sin embargo, ese elemento legítimo se ha retorcido hasta el punto de convertirse en un mecanismo de censura indirecta palpable. La falta de transparencia en las autoridades locales y nacionales, y también en los medios, dificulta saber el número mágico, la cifra que muestre en cuánto inciden los recursos de publicidad oficial en el sostenimiento de las empresas mediáticas. Sin embargo, hay pistas. De acuerdo con el informe Violaciones indirectas de la libertad de expresión: asignación discriminatoria de la publicidad oficial, la CIDH argumenta que “existen informes de numerosos medios de comunicación que indican que reciben del Estado entre el 40 por ciento y el 50 por ciento de su ingreso. La publicidad estatal con frecuencia ofrece a medios que, sin la ayuda financiera del Estado, no podrían sobrevivir. En Colombia, estas cifras son similares. Según la investigación Cartografías de la Información, de un universo de 895 medios que entregaron a la FLIP información sobre su sostenimiento financiero, el 27 por ciento depende en un 40 por ciento de los recursos públicos. 112 medios tienen una dependencia superior al 70 por ciento. En estos casos, la pauta es un elemento que distorsiona considerablemente la independencia editorial que puedan tener esos medios, y en ocasiones premian el silencio y castigan la crítica (Fundación para la Libertad de Prensa, FLIP, 2018, Un Estado depredador de la libertad de prensa).

Más adelante se señalan algunos patrones que afectan la asignación de publicidad y que se convierten en riesgos éticos para el funcionamiento de los medios digitales: uno es que la mayoría de las entidades manejan información pública de forma poco clara y otro que hay un uso indebido de la contratación directa y la cuantía mínima. También que las entidades utilizan los rubros dedicados a la publicidad oficial en hacer propaganda para el mejoramiento de la imagen.

En municipios es aún mayor el peligro por la existencia de pocos medios de comunicación, la militancia política de algunos periodistas o sus experiencias en el pasado como concejales, alcaldes o encargados de comunicaciones e imagen de las autoridades locales, y por la presión de estas sobre medios que tienen pocas posibilidades de diversificar su portafolio de ingresos.

Hay unas experiencias crecientes para encontrar financiamiento de los medios digitales a través de estrategias de crowdfunding, como también de apoyo por parte de los ciudadanos por medio de formas colaborativas y mecanismos eficientes de transparencia y rendición de cuentas.

Cinco dimensiones del pluralismo mediático

En su libro Libertad de palabra, Timothy Garton Ash (2017) escribe que “un útil estudio europeo identifica cinco dimensiones de pluralismo mediático: propiedad y control, tipos y géneros mediáticos, perspectivas políticas, expresiones culturales (término algo torpe que abarca grupos y orientaciones de índole religiosa, lingüística, étnica y sexual) e intereses locales y regionales” (página 265).

Estas cinco dimensiones resultan muy pertinentes para explorar otros retos éticos de la sostenibilidad de los medios digitales informativos. La propiedad y el control deben ser claros, democráticos y transparentes. Esto no significa que no pueda haber una propiedad individual, sino que hay que tener cuidado para que no se transforme en una propiedad autocrática y personalista. Uno de los riesgos de los medios locales es precisamente su identificación unipersonal que los convierte en las pequeñas empresas individuales; el sistema de propiedad deriva a veces en una forma concentrada del enfoque de la información (Timothy Garton Ash, 2017, página 265). El aumento de la participación de las audiencias, la influencia de estas opiniones en la construcción de la agenda informativa del medio y en la construcción de las noticias, la creación de consejos y la rendición periódica de cuentas, son antídotos éticos para el control personalista de los medios digitales informativos. Como lo son la generación de asociaciones deliberativas y reflexivas de medios locales, la formación y la participación en redes colaborativas de medios.

Los tipos y géneros mediáticos suelen ser uno de los temas que siempre aparecen en los monitoreos de medios como problemáticos, especialmente por su déficit de diversidad. Con la digitalización se han diversificado los medios en varios sentidos: por una parte es un momento de convergencia plural de lenguajes, soportes, formatos, géneros y por consiguiente, modos de apropiación. Junto a la diversidad de los géneros en la escritura (crónicas, perfiles, noticias, entrevistas), están los géneros en imagen (video para la web, documental, noticia televisiva, fotografía, ilustración, infografías, cómic), así como la visualización, el acceso a datos, etc. La idea de medios “volcados” que trabajamos en el pasado en los estudios sobre medios digitales mostraba las limitaciones que se producen cuando simplemente se pasan los contenidos de los medios tradicionales a las nuevas plataformas digitales. En este tipo de medios la tecnología simplemente es un instrumento de transferencia de contenidos que no han sido pensados originalmente para la web sino para los medios impresos y los electrónicos tradicionales.

En los medios pensados desde internet y lo virtual, la producción de contenidos tiene en cuenta la especificidad y versatilidad que ofrece el entorno digital, en el que el internauta navega, pasa de un lenguaje a otro, explora fondos de información, accede a información a través de visualizaciones y tiene la capacidad de reaccionar de manera inmediata frente a la información que está recibiendo.

Las perspectivas políticas es la tercera dimensión del pluralismo mediático según Garton Ash. Lo dice en plural, posiblemente para distinguirlo de la perspectiva o el pensamiento político único. Hay una diferencia abismal entre los portales o páginas institucionales o partidistas y los medios digitales informativos pluralistas. Estos están abiertos al debate, la crítica, al encuentro de diversas perspectivas y a la representación mediática de diferentes posturas políticas y modos de interpretación. Como lo señala José Luis Martí, en democracia, las relaciones de poder, entre el Estado y los ciudadanos, los ciudadanos entre sí y entre el Estado, las organizaciones y los ciudadanos, deben estar enmarcadas en el ejercicio de los derechos políticos, civiles y sociales de tal manera que la imposición de una conducta (imperio del poder) no vulnere esos derechos. Una parte importante la ocupan los derechos culturales y la libertad de expresión.

La idea central de la democracia deliberativa es que las decisiones políticas solo son legítimas cuando son el resultado de una amplia deliberación democrática que implica, por una parte, la participación de todos los potenciales afectados y, por otra, la posibilidad de presentar, discutir y aceptar o rebatir los argumentos que cada uno pueda presentar en favor y en contra de las diferentes alternativas de decisión.

La comunicación está relacionada de diferente manera con el concepto de confianza. Por una parte, es un proceso involucrado en la construcción de la confianza y, por otro, una de las formas reconocibles de su representación y circulación social.

Uno de los consensos que se encuentran en las múltiples definiciones que existen de confianza es que ella sucede en escenarios de incertidumbre con escasa o excesiva información. Georg Simmel la define como un conocimiento inductivo débil y como un punto intermedio entre el conocimiento y la ignorancia.

La confianza se mueve así entre dos extremos: la ausencia de información y total incertidumbre o la información perfecta y completa certeza. En ambos extremos la confianza es innecesaria. La confianza necesita procesar y reducir la incertidumbre a partir de una información que no es total ni completa, lo que la acerca al riesgo y la distancia de la creencia. Cuanto mayor y mejor información se tenga, se tendrá mayor disponibilidad para confiar. Una excesiva confianza en los medios significa un déficit de capital social.

En un trabajo denominado “La ética de la confianza en el periodismo digital” (en: La ética de la comunicación a comienzo del siglo XXI, 2011), Omar V. Rosas escribe que “la confianza es una actitud compleja compuesta por elementos cognitivos, afectivos, conativos, a través de la cual el individuo hace frente a un universo incierto marcado por el riesgo constante de que sus expectativas respecto de sus intenciones y conductas de otros agentes en su entorno sean falsadas o traicionadas” (páginas 1082-1092).

Esta relación de información y confianza es complementada por la representación social de la confianza, que convirtió a los medios de comunicación en uno de los lugares donde la confianza en las instituciones, y aún en sí mismos, se valida o se impugna. Los medios de comunicación permiten formarnos expectativas respecto a las personas o cosas y confiar en ellas aún a riesgo de luego desilusionarnos. “Confiar es otorgarle un rol clave a la decepción”, escribió Niklas Luhmann.

Equipo de La Cola de Rata Fotografía suministrada por Abelardo Gómez Molina, director del medio.

La generación de confianza a partir de los medios ocupa la mayor parte de la literatura sobre las relaciones entre comunicación y confianza, ya sea por el incremento de su carácter institucional o por su condición de poder fáctico dentro del ejercicio de la democracia. Una alta proporción del reconocimiento social de las instituciones públicas, como de quienes detentan poder, dependen de su representación mediática, así como del papel que sus mensajes tienen en la generación de configuraciones culturales específicas (pro o anti confianza) que pueden predisponer hacia la sospecha y la desconfianza, la aceptación y la confianza.

El escándalo público, la divulgación de documentos secretos, la revelación de piezas de expedientes de procesos judiciales contra políticos, empresarios u otras figuras públicas, el seguimiento pormenorizado de actos de corrupción o de medidas arbitrarias de los gobernantes, son solo una parte de los regímenes de representación mediática que inciden en la confianza de los ciudadanos. Porque, por otra parte, están las imágenes que construyen los medios sobre las instituciones, las intermediaciones que posibilitan entre los ciudadanos y las agencias del Estado o la reconstrucción de la memoria y la valoración pública de las acciones de las autoridades o de las instituciones privadas.

Los medios en sí mismos son instituciones, que en algunos casos ocupan funciones que no le son propias, como la administración de justicia, las decisiones de gobierno o ciertos procesos de intermediación pública. Las instituciones democráticas como instituciones políticas tienen una relación reconocible con los principales aspectos de la política: la toma de decisiones que son obligatorias dentro de un territorio determinado, los canales de acceso a los roles de toma de decisiones, y la configuración de los intereses e identidades que reclaman dicho acceso (Guillermo O’Donnell, 1994).

Pero hay otras perspectivas de las relaciones entre confianza y medios. Una tiene que ver con la percepción sobre su propio funcionamiento en el contexto de la sociedad, y otra sobre las estrategias explícitas que los medios adoptan para ganar confianza en la comunidad. En el informe del PNUD La Democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos se habla de las tensiones entre los poderes fácticos y los poderes institucionales.

Existe amplio consenso entre los consultados en cuanto a que la gran influencia de los medios limita el poder de las instituciones políticas.

En realidad, siempre tuvieron mucha influencia y los políticos intentaron servirse de ella. Lo nuevo, además de la mayor exposición del público a los medios, es que se ha salido de una época en la que estaban mayoritariamente vinculados a los partidos políticos y, en algunos casos, éstos ejercían cierto control sobre aquéllos; actualmente muchos medios se han independizado de las estructuras partidarias y han pasado a formar parte de grupos económicos no subordinados al poder político y con intereses muy diversificados (PNUD, 2004).

Pero la desconfianza no nace únicamente de la condición de poder fáctico de los medios sino también del incumplimiento de su tarea informativa, sobre todo en cuestiones como la precisión y el rigor, la búsqueda de la verdad, el pluralismo o su independencia de las distintas formas del poder. Si los medios de comunicación intervienen en la generación de confianza de instituciones como el poder judicial, la policía, las administraciones locales o el Congreso, ellos mismos se convierten en objeto de confianza o desconfianza. La confianza es uno de los capitales fundamentales de los medios, como lo es también su credibilidad.

Sala de redacción de Semana.com. Fotografía: Archivo de la organización Consejo de Redacción.

En un estudio que dirigí sobre los proyectos de responsabilidad social empresarial en medios de América Latina (Rey, Germán, 2008), me llamó la atención el tipo de alianzas que construían para llevarlos a cabo y las razones que las explicaban. Los principales socios de los medios eran las organizaciones de la sociedad civil, la academia y la empresa privada y las razones de esta selección intencionada, el conocimiento de los temas de intervención, la confianza, la credibilidad, los recursos humanos que podían proveer y su capacidad para movilizar y generar redes sociales. Los medios saben perfectamente que en sociedades más complejas y conflictivas, donde son sometidos a evaluaciones más exigentes, los programas de responsabilidad social son estratégicos en el fortalecimiento de la confianza.

Las expresiones culturales, dice Timothy Garton Ash, (“término algo torpe que abarca grupos y orientaciones de índole religiosa, lingüística, étnica y sexual”) e intereses locales y regionales, son finalmente otra característica del pluralismo mediático. Y este puede ser uno de los valores de los medios digitales informativos. El solo hecho de estar ubicado en contextos culturales locales o regionales no garantiza el pluralismo mediático cultural. Pero en general los medios digitales informativos tienen compromisos culturales relativamente sólidos por su lenguaje, su agenda informativa y sus relaciones con la comunidad. El esfuerzo ético estará en la conversación que logren con las dinámicas culturales locales, con la visibilidad de los problemas y las potencialidades culturales de su entorno, así como con el relieve de los actores culturales de sus áreas de influencia mediática.

Los problemas propios del mundo digital

A todo lo anterior se agregan los problemas propios del mundo digital. “Cada nueva tecnología trae su accidente”, escribió hace unos años Paul Virilio. Y la creación de los medios digitales ha traído dilemas éticos específicos que pueden convertirse en riesgos graves para su sostenibilidad económica y social. Algunos de ellos se han tornado temas del debate global, como por ejemplo el uso de datos privados, la preservación de la intimidad, las producción y circulación de noticias falsas, el “matoneo” o estigmatización de personas o grupos específicos, la discriminación de minorías, la persistencia de noticias que van contra la honra y que persisten en mantenerse sin posibilidad de corrección u olvido, las fallas de edición por el tráfago incesante de información, la publicación de información sin fuente reconocida o la distribución de argumentos de odio.

Los medios digitales pueden enfrentar estos temas a través de un cuidadoso trabajo de edición, un chequeo riguroso de la información, una atención creciente en la confiabilidad y veracidad de las fuentes y una atención permanente al cuidado de los derechos y libertades civiles de la ciudadanía. En este sentido las normas y las actuaciones éticas del periodismo de calidad continúan siendo la mejor guía de la sostenibilidad de los medios en estos tiempos digitales. Una sostenibilidad que considera muy importante su gestión económica pero insiste sobre todo en los valores que forman parte del periodismo como expresión de la convivencia y las responsabilidades públicas.

Bibliografía y referencias

Centro Nacional de Memoria Histórica, (2015), La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015).

Consejo de Redacción y Universidad Javeriana, (2010), I Estudio de Medios Digitales, EMD.

Consejo de Redacción y Universidad Javeriana, (2012), II Estudio de Medios Digitales, EMD.

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Fundación para la Libertad de Prensa, FLIP, (2018), Un Estado depredador de la libertad de prensa.

Garton Ash Timothy, (2017), Libertad de palabra, Barcelona, Tusquets Editores.

Grupo de Memoria Histórica (GMH), (2013) ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad.

O’Donnell, Guillermo, (1994), “Delegative Democracy”, Journal of Democracy, Vol. 5, No. 1, January 1994: 55-69. National Endowment for Democracy and The Johns Hopkins University Press.

Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, (2004), La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, Dante Caputo (Coordinador), Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara.

Rey, Germán, (2008), La otra cara de la libertad. Los proyectos de responsabilidad social empresarial en medios de comunicación de América Latina, Bogotá, Fundación de Nuevo Periodismo, AVINA y Universidad Javeriana.

Rey Germán, (2010), “La insistencia en la metáfora. Experiencias locales de cultura y desarrollo en Colombia”, en Alfons Martinell Sempere, (coordinador), Cultura y desarrollo un compromiso para la libertad y el bienestar, Madrid, Fundación Carolina y Siglo XXI.

Rey Germán y Huertas Carlos Eduardo, (2010), Periodismo digital en Colombia. El quién y el cómo de los nuevos medios, Bogotá, Consejo de Redacción, Centro Ático, Facultad de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana.

Rey Germán y Novoa José Luis, (2012), Medios digitales en Colombia. Agendas periodísticas y sostenibilidad, Bogotá, Consejo de Redacción, Centro Ático, Facultad de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana.

Revista Semana, (28 de mayo de 2018), “En internet llegó el fin de lo gratis”.

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